Lo que se queda cuando te mudas
Hay un tipo de nostalgia que no es por un lugar sino por una hora. La mía es como a las seis de la tarde en Huimanguillo, cuando el calor por fin cede y el aire huele a tierra mojada aunque no haya llovido. Llevo años lejos de ahí y sigo midiendo las tardes contra esa.
Cuando me mudé pensé que lo difícil iba a ser el ruido, el tráfico, la ciudad enorme. No fue eso. Lo difícil fue darme cuenta de que uno no se lleva el lugar completo: se lleva pedazos raros, sin importancia, que ni escogió. Un modo de decir las cosas. El reflejo de buscar sombra al cruzar la calle. La certeza de que a esa hora alguien saca una silla a la banqueta.
Por eso escribo esto aquí y no en otra parte. Las redes sociales están hechas para que lo que escribes desaparezca en dos días; una página propia está hecha para lo contrario. Quiero un lugar donde los textos se queden quietos, donde pueda volver en cinco años y encontrar exactamente lo que estaba pensando hoy, sin un algoritmo decidiendo si vale la pena.
Así que esto va a ser eso: textos largos, sin apuro, sobre lo que me acuerdo y lo que me sigue dando vueltas. Si llegaste hasta acá, gracias por leer despacio. Es lo único que le pido a esta página.